Intentar por todos los medios de  transformar el plomo en oro, los pigmentos en los cuatro elementos… De ahí comienzo,  experimento y doy seguimiento a las tradiciones dejadas por los antiguos maestros.

Parto de los orígenes de la escritura, con cierto animismo fundamentado en un poder mágico sobre las imágenes, busco una traducción a un complejo sistema que entraña la comprensión del mundo, referente de una comprensión simbólica, mítica y espiritual del mismo.

Encuentro  coincidencias simbólicas entre el microcosmos y el macrocosmos, tocando  el caos original del universo que parte de una dualidad de un proceso cosmogónico que culmina en la unidad.

El universo es un vasto organismo, todo es animado y vivo: la idea de la unidad de la materia y del vínculo íntimo entre lo que existe y posee un alma, la vida evoluciona y se transforma sin solución de continuidad. Por eso cada objeto en el universo es una toma de conciencia de la causa primera, de un dios.

La iluminación unida al arte, puede devolver la eternidad perdida y preparar la regeneración del macro y microcosmos. La obra es un proceso análogo a la creación, la magia inscripta es el poder de su reproducción en la transformación profunda de la materia, sin que sea un fin en sí mismo sino un acercamiento para tratar de clarificar en lo posible las características de ese lenguaje y la plasticidad de la expresión artística, que no sólo tiene la función mecánica de expresar claramente el pensamiento, sino, en este caso, ser una pequeña  y rica expresión de una sabiduría milenaria.